Enfoque y alcance

Historiografías, revista de historia y teoría es una publicación semestral electrónica multilingüe dedicada a los estudios historiográficos y a la teoría de la historia. Respaldada por especialistas de ámbito internacional y profesores de distintas universidades, Historiografías surge en 2010 de la iniciativa del grupo de trabajo que aglutina el profesor Gonzalo Pasamar en la Universidad de Zaragoza (España).

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Manifiesto editorial

Vivimos en una época en la que el interés por el pasado (lo que también incluye a la llamada “historia del presente”) ha crecido hasta alcanzar las dimensiones de mercado de masas. “L’uso pubblico della storia”, como llamó a este fenómeno el historiador italiano Nicola Gallerano, no cesa de extenderse, en sintonía con el desarrollo de los medios de comunicación, las nuevas tecnologías, las memorias, las necesidades de identidad, los movimientos sociales y los gustos culturales en general. Parece cumplirse inexorablemente aquella premisa, que Fredric Jameson y David Lowenthal expusieron hace más de dos décadas, de que el desarrollo de la cultura de masas y la mercantilización alumbran el surgimiento de una nueva “nostalgia”, una tendencia a mirar al pasado que no se detiene en límites cronológicos, fronteras geográficas, temas, soportes culturales y formas de expresión, sino que los abarca a todos. En cierto sentido la omnipresente expresión “memoria” – y su opuesto, “olvido” – han venido a cubrir la necesidad de nuevas y cada vez más variadas formas de evocar e identificarse con el pasado. Para los historiadores y los estudiosos de lo histórico esta nueva situación representa un desafío inusitado, aunque también una gran oportunidad. 

En este terreno inestable, donde el interés por la historia y la amnesia parecen hallarse en continua tensión, no resulta forzado preguntarse una vez más – quizá deba formularse la pregunta con más insistencia que nunca – qué papel debe jugar la disciplina histórica y cómo pueden mejorar sus capacidades de investigación. Ésta es la razón principal por la que nos hemos lanzado a la aventura de la publicación de Historiografías, revista de historia y teoría, una revista semestral electrónica dedicada a los estudios historiográficos y a la teoría de la historia. En una cultura como la actual, donde el recuerdo y la conmemoración poseen una ubicuidad inusitada – se ha llegado a defender que “cada grupo es su propio historiador” –, incluso puede ser una tarea necesaria y urgente la de insistir en la importancia de la reflexión historiográfica. ¿Debería ser vista la historiografía, quizá, como un mero producto de las pretensiones de legitimación de un saber institucionalizado – los estudios históricos –, según postulan ciertos autores procedentes de las filas del postmodernismo?, ¿o acaso quedar reducida a una de las muchas formas que adopta la actividad memorial – a una peculiar “memoria erudita”? No creemos que mezclar historiografía, cultura histórica y memoria, como se deduce de estas hipotéticas preguntas, sea la respuesta más adecuada. 

Si renunciamos a posiciones maximalistas (aquéllas que disuelven la escritura de la historia en otras “narrativas” y minusvaloran el trabajo del historiador), estaremos también de acuerdo en que la respuesta a la pregunta antes formulada – el porqué de la importancia o prioridad de la historiografía – sigue siendo esencialmente la misma que la que han dado generaciones de autores desde que hace más de cien años surgiera la profesión de historiador y se inventase el género de la epistemología histórica. Así podríamos subrayar que el interés por el estudio historiográfico no sólo sirve para dar sentido a nuevos temas y paradigmas, sino que actúa como elemento de identidad intelectual y profesional entre todos aquéllos a quienes interesa la investigación histórica. No ha perdido validez aquello que Marc Bloch escribiera al comienzo de su Apologie pour l’ histoire cuando reivindicaba la necesidad de explicar cómo y por qué el historiador practica su oficio – eso sí, según aclaraba él mismo, entendiéndolo como “ciencia en movimiento” y, por lo tanto, abierta a otras disciplinas. Es cierto que tanto la cultura histórica actual como los actuales paradigmas científicos no conocen de compartimentos estancos, y que el ideal de la interdisciplinariedad alcanza a extremos que ni siquiera los autores más audaces habrían sospechado en aquella época. Tampoco hoy en día el alcance de las memorias es el mismo que pudo tener para Marc Bloch – amigo y contemporáneo de Maurice Halbwachs, teórico pionero del concepto de “memoria colectiva”: hoy se reconoce sin dificultad que la memoria, cuyo estudio no es monopolio de los historiadores en absoluto, también forma parte de algún modo de la escritura de la historia o mantiene relaciones fluidas con ésta. Por su parte, la escritura de la historia – se asegura igualmente – nunca ha sido ajena a la opinión pública; el propio interés que suscitan las representaciones colectivas difumina las líneas de separación entre la historiografía, la investigación social e incluso la teoría y la creación artísticas – de ahí el auge de los llamados “Cultural Studies”; existe, en fin – apuntan ciertos autores –, un cine experimental que aspira a asemejarse a la investigación histórica (una comparación entre géneros que parecería herejía en boca de un autor de la generación de Marc Bloch). 

En realidad, todas estas constataciones deberían servir para declarar la prioridad de la epistemología histórica y defender su razón de ser: además de la propia actividad investigadora, las más importantes garantías de la escritura de la historia, las que distinguen el “conocimiento histórico” de la “memoria”, siguen siendo el estudio de la teoría y de las formas que adopta dicha escritura. Aunque el carácter público es inherente a la escritura de la historia, no todos los “usos públicos” del pasado son iguales. En el terreno de la epistemología los hay “centrales” – los relacionados con la investigación y la enseñanza – y los hay “periféricos”, esto es, aquéllos en los que predomina el recuerdo y la conmemoración. Ahora bien, los estudios de teoría e historiografía son los que deben ayudar a entender la importancia que, para el conocimiento histórico, tienen estos usos memoriales – examinando, por ejemplo, qué valor posee, en la cultura actual, la multiplicación de soportes para la memoria y para la información histórica –, y no al contrario, no reducir la historiografía a un mero aspecto de la memoria. Esta conclusión quedaría sin efecto sin poner el acento, al mismo tiempo, en que la historiografía se ha convertido en un terreno plural de límites borrosos. El vocablo “historiografías” nos ha parecido, justamente, el más adecuado para expresar esta situación. No quisiéramos, sin embargo, que el título en plural se interpretase como un intento de identificar la escritura de la historia con una suerte de caleidoscopio de las memorias, o una afirmación de relativismo absoluto. Está lejos de nuestra intención, por lo tanto, el elegir el plural para concluir que el estudio de la teoría y la historia de los escritos históricos deban ser sobrepasados por el uso memorial del pasado, un tema que consideramos inevitable, pero no el más importante. Sin embargo, el hecho de declarar la prioridad de la teoría historiográfica no agota los retos actuales. 

La llamada “historia de la historiografía” – un terreno surgido de los cambios culturales de comienzos del siglo veinte con muchos antecedentes – todavía hoy se resiste a ser considerada como una especialidad más de los estudios históricos, a pesar de que el Comité Internacional de Ciencias Históricas ya la reconoció como un terreno académico a comienzos de los años ochenta del siglo veinte. No faltan razones que explican esta paradoja. Si como dijo Arnaldo Momigliano a la historia de la historiografía se la considera el colofón del historicismo – esto es, de una concepción de la historia basada en una idea de progreso unidireccional – entonces, será muy difícil extender, hoy en día, su alcance. Una historia de la historia, desde la Antigüedad hasta el siglo XX, entendida sólo como una “teleología” de métodos y temas, o como una vista de conjunto del progreso de los estudios históricos, es difícil que pueda hacer grandes aportes en una cultura como la actual, en la que predominan las rupturas, las discontinuidades y la globalización (excepto para mostrar, quizá, de qué modo las ideas y los paradigmas cambian con el paso del tiempo). No faltan quienes hablan de la existencia de una crisis de dicho dominio, constatando, como ha ocurrido de hecho, que no se han confirmado en absoluto las expectativas que se alcanzaron para el mismo en los años setenta y ochenta. Pero ¿acaso esas expectativas no estaban estrechamente conectadas con la diversidad de paradigmas o modos de escribir la historia que entonces irrumpían en escena? Si eso es así, en lugar del surgimiento de una nueva especialidad, las cosas se deberían interpretar de otro modo: lo que habría ocurrido es que los estudios de historiografía estarían buscando su lugar propio junto con la nueva historia cultural y otros paradigmas emergentes. Aparentemente dichos estudios parecieron iniciar una nueva fase en aquellas décadas, y así ocurrió hasta cierto punto. Si la historia cultural podía transformar multitud de actividades y valores, antes desapercibidos, en temas de investigación, era igualmente legítimo que los especialistas en historia de la historiografía pensaran en hacer lo mismo con la cultura histórica – yendo más allá por lo tanto del mero examen de los grandes historiadores y de sus escritos. Sin embargo, este cambio también tuvo sus límites, pues que es difícil desarrollar la creatividad científica en un terreno, como el de la clásica historia de la historiografía, que dice ocuparse de los escritos del pasado pero se olvida de los escritos del presente y de la teoría historiográfica – o no les concede demasiada importancia –, así como de la influencia de éstos en las cuestiones que formulan los investigadores. No es posible explicar el actual interés por las formas y la retórica de los historiadores y las historias del pasado sin tener en cuenta, por ejemplo, lo que ha significado el llamado “post-estructuralismo”. En cierto sentido, tenía razón Benedetto Croce cuando defendió, hace casi cien años, que la teoría y la historia de la historiografía estaban estrechamente unidas. 

Si mantenemos el término “historia de la historiografía” para situar los escritos históricos en su contexto, entonces deberemos entenderlo en un sentido mucho más amplio y ambiguo que antaño: por ejemplo, como un substrato, es decir, como un campo de problemas, relativo a las historiografías tanto presentes como pasadas, o un terreno de discusión que examine los rasgos de la historiografía del pasado y los compare con las actuales corrientes, conceptos y problemas historiográficos. Intentar, como se ha postulado a veces, delimitar la historia de la historiografía como una especialidad separada, soslayando otros aspectos, no sólo va en contra de las actuales tendencias de la historia cultural – que usan escritos históricos entre sus fuentes – y del valor de la teoría, sino que es olvidarse de la importancia que recaba la escritura de la historia  – como elemento de identidad intelectual – entre los propios historiadores profesionales. 

Para que no se convierta en un terreno marginal, presa de sus contradicciones, el estudio de la historiografía debería abarcar tanto las historiografías pasadas como las actuales formas de escritura, así como el estudio de toda clase de aspectos teóricos, metodológicos y relacionados con la cultura histórica. Ésa esta la razón por la cual hemos preferido denominar a esta revista con el término “historiografías”, antes que confiar ciegamente en la expresión “historia de la historiografía”, aun a riesgo de que alguien lo interprete como un declaración de relativismo. Con “historiografías” queremos hacer referencia a un terreno abierto y sin dogmatismos de ninguna clase – siempre prestos a oficiar de sumos sacerdotes de cómo debe practicarse estudio de los escritos históricos. Nuestro empeño es, por lo tanto, doble: 1) examinar todas las formas que ha adoptado la escritura de la historia, sin limitaciones geográficas, culturales y cronológicas; desde la historiografía de la Antigüedad, pasando por los escritores medievales y renacentistas, hasta las formas que han revestido las memorias en otras civilizaciones, así como las “modernas” formas de escribir la historia a lo largo de todo el mundo, además de las corrientes actuales; 2) conceder importancia a la epistemología histórica y a la teoría en general. En suma, concebimos el estudio de la historiografía como un terreno sin fronteras, un campo de problemas que analiza la escritura de la historia desde puntos de vista tan variados como la historia cultural e intelectual o la historia política y la biografía, pasando por la epistemología y la teoría social, la antropología, la sociología y la historia de las ciencias. 

Conscientes de que el campo de la historiografía tiene importantes desafíos que encarar, Historiografías, revista de historia y teoría desea sumarse a las publicaciones internacionales de teoría y de estudios historiográficos – y para ello aceptará ensayos en español, inglés, francés, portugúes e italiano. Ello no es poco reto en el panorama español, que apenas cuenta con revistas y foros de discusión teórica e historiográfica. Dado el carácter internacional de la propia teoría historiográfica, la referencia a la situación española debería ser pura anécdota. Sin embargo, no queremos ocultar que nuestro objetivo es también el de vencer las limitaciones que siempre han rodeado a la historiografía española – debido a barreras lingüísticas y a una secular falta de originalidad y tendencia compulsiva a la imitación –, lo que ha acarreado una idéntica falta de originalidad teórica. Es posible que la fundación de una nueva revista no sea la panacea del cambio en esta tendencia, cambio que, dada la situación actual de la historiografía española, acaso ya tenga sembradas las semillas y comience pronto a dar sus frutos. Nosotros nos conformaríamos con que Historiografías fuera un cauce para ayudar a que esa originalidad aflorase más fácilmente. 

Consejo de Redacción

Pablo Aguirre Herráinz (Universidad de Zaragoza. España)
Juan Andrés Bresciano (Universidad de la República. Uruguay).
Yvonne Baker de Altamirano (Centro Universitario de la Defensa. Ministerio de Defensa. España).
María Inés Carzolio (Universidad Nacional de Rosario. Universidad de La Plata. República Argentina).
Sophie Hirel-Wouts (Université Paris-Est, Marne-la-Vallée. France).
Manuelle Peloille (Université Paris-Ouest, Nanterre-La Défense. France).
María Silvia Leoni (Universidad Nacional del Nordeste. República Argentina).
Juan Manuel Santana (Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. España).
Miguel Ángel Sanz Loroño (Universidad de Zaragoza. España).
María del Mar Solís (Instituto de Investigaciones Geohistóricas. República Argentina).
Palmira Vélez (Universidad de Zaragoza. España).

Consejo Científico

Carlos A. Aguirre Rojas (Universidad Nacional Autónoma de México. México).
Jaime Alvar Ezquerra (Universidad Carlos III de Madrid. España). 
Julio Aróstegui (Universidad Complutense de Madrid. España
. 1939-2013).
Antoon De Baets (University of Groningen. The Netherlands).
Jérôme Baschet (École des Hautes Études en Sciences Sociales. France).
José Carlos Bermejo (Universidad de Santiago de Compostela. España).
Walter L. Bernecker (Universitaet Erlangen-Nuernberg. Deutschland).
Claudio Canaparo (Birbeck College. University of London. Great Britain).
Julián Casanova (Universidad de Zaragoza. España).
Marie-Claude Chaput (Université Paris Ouest, Nanterre-La Défense. France).
François Dosse (Paris, France).
Georg G. Iggers (University of New York. The United States of America).
Harvey J. Kaye (University of Wisconsin. United States of America).
Elpidio Laguna (Rutgers University. 
United States of America. 1945-2016).
Jurandir Malerba (Universidad Pontificia Católica de Río Grande do Sul. Brasil).
Jacques Maurice (Université Paris Ouest Nanterre-La Défense. France. 1934-2013).
Allan Megill (University of Virginia. United States of America).
Pedro Piedras (Valladolid).
Asela Rodríguez de Laguna (Rutgers University. United States of America).
Francisco Vázquez (Universidad de Cádiz. España).

Historial de la revista

 Historiografías surge en 2010 de la iniciativa del grupo de trabajo que aglutina el profesor Gonzalo Pasamar en la Universidad de Zaragoza (España).

    Historiografías considera el estudio de la escritura de la historia como un terreno sin fronteras, que abarca puntos de vista tan variados como la historia cultural e intelectual, la historia política y la biografía, así como la epistemología y la teoría social, la antropología, la sociología y la historia de las ciencias. Con ello, la revista persigue un doble objetivo: examinar todas las formas que ha adoptado la escritura de la historia, sin limitaciones geográficas, culturales y cronológicas; y conceder importancia a la epistemología histórica y a la teoría en general.